Nos relató 'Abd al-'Aziz ibn 'Abdullah: nos relató Ibrahim ibn Sa'd, de Salih, de Ibn Shihab, quien dijo: me relataron 'Urwa ibn al-Zubayr, Saíd ibn al-Musayyab, Alqama ibn Waqqas y Ubayd Allah ibn Abdullah ibn Utba ibn Masud, acerca de Aisha (ra), esposa del Profeta ﷺ, cuando los autores de la calumnia dijeron sobre ella lo que dijeron. Cada uno de ellos me relató una parte de su relato; algunos lo habían retenido mejor que otros y eran más precisos al narrarlo. Yo retuve de cada uno de ellos el relato que me transmitió acerca de Aisha, y los relatos de unos corroboran los de otros, aunque algunos lo habían retenido mejor que otros. Dijeron que Aisha contó: «Cuando el Mensajero de Allah ﷺ quería emprender un viaje, sorteaba entre sus esposas, y aquella cuya flecha salía elegida partía con él». Aisha continuó: «Sorteó entre nosotras durante una expedición militar que emprendió, y salió elegida mi flecha, de modo que partí con el Mensajero de Allah ﷺ. Esto ocurrió después de que se hubiera revelado la prescripción del velo. Me transportaban dentro de mi palanquín y me apeaba permaneciendo en él. Proseguimos la marcha hasta que el Mensajero de Allah ﷺ terminó aquella expedición y emprendió el regreso. Cuando ya nos aproximábamos a Medina, una noche dio la orden de partir. Al anunciarse la partida, me levanté, caminé hasta sobrepasar el campamento y, una vez satisfechas mis necesidades, regresé hacia mi montura. Me palpé el pecho y descubrí que se había roto un collar mío de cuentas de ónice de Zafar. Regresé para buscarlo y la búsqueda me retuvo. Entretanto llegaron los hombres que se encargaban de prepararme para la marcha, levantaron mi palanquín y lo colocaron sobre el camello que yo montaba, creyendo que yo estaba dentro. En aquel tiempo las mujeres eran ligeras de peso, no habían engordado ni se les había acumulado carne, pues solo comían pequeñas cantidades de alimento. Por ello, los hombres no advirtieron la ligereza del palanquín cuando lo levantaron y lo cargaron. Yo era entonces una muchacha joven. Hicieron avanzar el camello y se marcharon. Encontré mi collar después de que el ejército hubiera proseguido la marcha. Regresé al lugar en el que habían acampado, pero allí no quedaba nadie que llamara ni que respondiese. Me dirigí al lugar que había ocupado y pensé que, cuando advirtieran mi ausencia, regresarían a buscarme. Mientras estaba allí sentada, me venció el sueño y me quedé dormida. Safwan ibn al-Mu'attal al-Sulami, luego al-Dhakwani, marchaba detrás del ejército. Al amanecer llegó al lugar donde yo estaba y divisó la silueta de una persona dormida. Al verme me reconoció, pues me había visto antes de la prescripción del velo. Me desperté al oírle decir, cuando me reconoció: “Ciertamente, pertenecemos a Allah y a Él regresamos”. Me cubrí el rostro con mi manto. ¡Por Allah!, no intercambiamos palabra alguna, ni le oí decir nada aparte de aquella fórmula. Bajó, hizo arrodillarse a su montura y apoyó el pie sobre una de sus patas delanteras para mantenerla quieta. Me levanté, me acerqué y monté en ella. Él partió conduciendo la montura en la que yo iba hasta que alcanzamos al ejército, que había acampado durante el intenso calor del mediodía. Entonces perecieron, por lo que dijeron sobre mí, quienes perecieron. Quien asumió la mayor parte de la calumnia fue 'Abdullah ibn Ubayy ibn Salul». 'Urwa dijo: «Me informaron de que el rumor se difundía y se comentaba en su presencia, y él lo aprobaba, lo escuchaba e indagaba para obtener más detalles». 'Urwa dijo también: «De entre los autores de la calumnia, únicamente fueron nombrados Hassan ibn Thabit, Mistah ibn Uthatha y Hamna bint Jahsh, junto con otras personas cuya identidad desconozco. No obstante, formaban un grupo, tal como dijo Allah, exaltado sea. Se decía que quien cargó con la mayor parte de aquello fue 'Abdullah ibn Ubayy ibn Salul». 'Urwa dijo: «Aisha detestaba que insultaran a Hassan en su presencia y decía: “Él fue quien dijo: ‘Mi padre, el padre de mi padre y mi honor sirven de protección al honor de Muhammad ﷺ frente a vosotros’”». Aisha prosiguió: «Llegamos a Medina y, tras nuestra llegada, estuve enferma durante un mes. La gente hablaba profusamente de las palabras de los autores de la calumnia, pero yo no sabía nada de ello. Lo que despertaba mis sospechas durante mi enfermedad era que no percibía en el Mensajero de Allah ﷺ la amabilidad que solía mostrarme cuando enfermaba. El Mensajero de Allah ﷺ entraba, me saludaba y preguntaba: “¿Cómo está esa?”, y luego se marchaba. Aquello me inquietaba, aunque yo aún ignoraba el mal. Cuando comencé a recuperarme, salí con Umm Mistah hacia al-Manasi, el lugar donde hacíamos nuestras necesidades. Solo salíamos para ello de noche en noche, antes de que construyéramos letrinas cerca de nuestras casas. Seguíamos la costumbre de los antiguos árabes de salir al campo abierto para hacer nuestras necesidades, y nos molestaba tener letrinas junto a nuestras casas. Salí, pues, con Umm Mistah, que era hija de Abu Ruhm ibn al-Muttalib ibn Abd Manaf. Su madre era hija de Sakhr ibn ‘Ámir y tía materna de Abu Bakr al-Siddiq, y su hijo era Mistah ibn Uthatha ibn Abbad ibn al-Muttalib. Cuando Umm Mistah y yo regresábamos hacia mi casa después de haber terminado, ella tropezó con su manto y exclamó: “¡Que Mistah se arruine!”. Le dije: “¡Qué malas palabras has pronunciado! ¿Insultas a un hombre que participó en Badr?”. Ella respondió: “¡Ay, querida! ¿No has oído lo que ha dicho?”. Le pregunté: “¿Qué ha dicho?”. Entonces me informó de lo que decían los autores de la calumnia, y mi enfermedad se agravó aún más. Cuando regresé a casa, entró el Mensajero de Allah ﷺ, me saludó y preguntó: “¿Cómo está esa?”. Le dije: “¿Me permites ir a casa de mis padres?”. Yo quería cerciorarme de la noticia por medio de ellos. El Mensajero de Allah ﷺ me lo permitió. Pregunté a mi madre: “Madre mía, ¿qué está diciendo la gente?”. Ella respondió: “Hijita, no te preocupes demasiado. ¡Por Allah!, pocas veces una mujer hermosa, amada por su marido y con coesposas deja de ser objeto de muchas habladurías por parte de estas”. Exclamé: “¡Gloria a Allah! ¿De verdad está hablando la gente de esto?”. Lloré durante toda aquella noche hasta el amanecer; mis lágrimas no cesaron y no pude conciliar el sueño. Al llegar la mañana seguía llorando. Como la revelación se demoraba, el Mensajero de Allah ﷺ llamó a 'Ali ibn Abi Talib y a Usama ibn Zayd para pedirles su opinión y consultarles acerca de separarse de su esposa. En cuanto a Usama, aconsejó al Mensajero de Allah ﷺ conforme a lo que sabía de la inocencia de su esposa y al afecto que sentía por la familia del Profeta. Usama dijo: “Es tu esposa, y no sabemos de ella sino el bien”. En cuanto a Ali, dijo: “Mensajero de Allah, Allah no te ha impuesto estrechez alguna. Hay muchas otras mujeres aparte de ella. Pregunta a la criada y ella te dirá la verdad”. El Mensajero de Allah ﷺ llamó entonces a Barira y le preguntó: “Barira, ¿has visto en ella algo que te haga sospechar?”. Barira respondió: “¡Por Aquel que te ha enviado con la verdad!, jamás he visto en ella nada que pueda reprocharle, salvo que es una muchacha joven que se duerme mientras deja desatendida la masa de su familia, y entonces viene el animal doméstico y se la come”. Aquel mismo día, el Mensajero de Allah ﷺ subió al púlpito y pidió que alguien lo excusara frente a 'Abdullah ibn Ubayy. Dijo: “¡Comunidad de musulmanes! ¿Quién me excusará frente a un hombre de quien me ha llegado que ha perjudicado a mi familia? ¡Por Allah!, no sé de mi familia sino el bien. Además, han mencionado a un hombre de quien no sé sino el bien y que nunca entra en casa de mi familia sin estar conmigo”. Entonces se levantó Sa'd ibn Mu'adh, hermano del clan de Abd al-Ashhal, y dijo: “Yo te excusaré, Mensajero de Allah. Si pertenece a los Aws, le cortaré el cuello; y, si pertenece a nuestros hermanos de al-Khazraj, ordénanoslo y cumpliremos tu orden”. Entonces se levantó un hombre de al-Khazraj cuya prima paterna era la madre de Hassan y pertenecía a su mismo linaje. Era Sa'd ibn Ubada, señor de al-Khazraj. Antes de aquello había sido un hombre recto, pero se dejó arrastrar por el fanatismo tribal y dijo a Sa'd: “¡Mientes, por la vida de Allah! No lo matarás ni serás capaz de matarlo. Si perteneciera a tu propio clan, no desearías que lo mataran”. Entonces se levantó Usayd ibn Hudayr, primo de Sa'd, y dijo a Sa'd ibn Ubada: “¡Mientes, por la vida de Allah! Sin duda lo mataremos. Eres un hipócrita que discute en defensa de los hipócritas”. Los dos clanes, los Aws y al-Khazraj, se agitaron hasta estar a punto de combatir entre sí, mientras el Mensajero de Allah ﷺ permanecía de pie sobre el púlpito. El Mensajero de Allah ﷺ siguió calmándolos hasta que guardaron silencio, y él también calló. Lloré durante todo aquel día; mis lágrimas no cesaban y no podía conciliar el sueño. Al amanecer, mis padres estaban conmigo. Yo había llorado durante dos noches y un día, sin que cesaran mis lágrimas ni pudiera dormir, hasta el punto de creer que el llanto me partiría el hígado. Mientras mis padres permanecían sentados a mi lado y yo lloraba, una mujer de los Ansar pidió permiso para entrar. Se lo concedí, y se sentó a llorar conmigo. Mientras nos encontrábamos así, entró el Mensajero de Allah ﷺ, nos saludó y se sentó. No se había sentado conmigo desde que comenzaron a decirse aquellas cosas, y había transcurrido un mes sin que recibiera revelación alguna acerca de mi caso. Tras sentarse, el Mensajero de Allah ﷺ pronunció el testimonio de fe y dijo: “Aisha, me ha llegado de ti tal y tal cosa. Si eres inocente, Allah manifestará tu inocencia; pero, si has cometido algún pecado, pide perdón a Allah y arrepiéntete ante Él, pues cuando el siervo reconoce su pecado y se arrepiente, Allah acepta su arrepentimiento”. Cuando el Mensajero de Allah ﷺ terminó de hablar, mis lágrimas se detuvieron por completo, hasta el punto de no sentir ni una sola gota. Dije a mi padre: “Responde tú al Mensajero de Allah ﷺ por mí acerca de lo que ha dicho”. Mi padre respondió: “¡Por Allah!, no sé qué decir al Mensajero de Allah ﷺ”. Dije a mi madre: “Responde tú al Mensajero de Allah ﷺ por mí acerca de lo que ha dicho”. Mi madre contestó: “¡Por Allah!, no sé qué decir al Mensajero de Allah ﷺ”. Entonces dije, siendo todavía una muchacha joven que no conocía mucho del Corán: “¡Por Allah!, sé que habéis oído este relato hasta que se ha asentado en vuestro interior y lo habéis creído. Si os dijera que soy inocente, no me creeríais; y, si reconociera ante vosotros algo de lo que Allah sabe que soy inocente, me creeríais. ¡Por Allah!, no encuentro mejor ejemplo para vosotros y para mí que el de Abu Yusuf (as), cuando dijo: ‘Así pues, paciencia hermosa; y Allah es Aquel cuya ayuda se solicita frente a lo que describís’”. Después me volví y me recosté en mi lecho. Allah sabía que entonces yo era inocente y que Él manifestaría mi inocencia. Sin embargo, ¡por Allah!, nunca pensé que Allah haría descender acerca de mí una revelación que sería recitada. Mi situación me parecía demasiado insignificante como para que Allah hablara de mí mediante una revelación. Esperaba, en cambio, que el Mensajero de Allah ﷺ tuviera durante el sueño una visión mediante la cual Allah manifestara mi inocencia. ¡Por Allah!, el Mensajero de Allah ﷺ no había abandonado aún su asiento ni había salido nadie de la casa cuando la revelación descendió sobre él. Le sobrevino el intenso estado que solía apoderarse de él, hasta el punto de que le corrían gotas de sudor semejantes a perlas, a pesar de que era un día frío, debido al peso de la palabra que le estaba siendo revelada. Cuando aquel estado cesó en el Mensajero de Allah ﷺ, estaba sonriendo. Las primeras palabras que pronunció fueron: “Aisha, Allah ha manifestado tu inocencia”. Mi madre me dijo: “Levántate y ve hacia él”. Yo respondí: “¡Por Allah!, no me levantaré para ir hacia él, pues no alabaré sino a Allah, poderoso y majestuoso”. Allah, exaltado sea, reveló las diez aleyas que comienzan con: “Ciertamente, quienes vinieron con la calumnia...”. Allah reveló aquello para declarar mi inocencia». Abu Bakr al-Siddiq, que mantenía económicamente a Mistah ibn Uthatha por su parentesco y su pobreza, dijo: «¡Por Allah!, jamás volveré a dar nada a Mistah después de lo que ha dicho acerca de Aisha». Entonces Allah reveló desde: «Que quienes poseen virtud entre vosotros no juren...» hasta Sus palabras: «Perdonador, Misericordioso». Abu Bakr al-Siddiq dijo: «Sí, ¡por Allah!, deseo que Allah me perdone». Reanudó la manutención que solía proporcionar a Mistah y dijo: «¡Por Allah!, jamás volveré a retirársela». Aisha contó: «El Mensajero de Allah ﷺ también había preguntado a Zaynab bint Jahsh acerca de mí. Le dijo: “Zaynab, ¿qué sabes o qué has visto?”. Ella respondió: “Mensajero de Allah, protejo mi oído y mi vista de afirmar lo que no sé. ¡Por Allah!, no sé de ella sino el bien”». Aisha añadió: «De entre las esposas del Profeta ﷺ, ella era quien rivalizaba conmigo, pero Allah la protegió mediante su piedad. Su hermana Hamna, en cambio, comenzó a combatir en su defensa y pereció junto con quienes perecieron». Ibn Shihab dijo: «Esto es lo que me ha llegado del relato de aquellas personas». Después, 'Urwa dijo que Aisha contó: «¡Por Allah!, el hombre acerca del cual se dijo lo que se dijo exclamaba: “¡Gloria a Allah! ¡Por Aquel en cuya mano está mi alma!, jamás he descubierto el velo protector de mujer alguna”». Aisha añadió: «Después murió combatiendo por la causa de Allah».