Nos relató Musa ibn Ismail: nos relató Abu Awana, de Husayn, de ‘Amr ibn Maymun, que dijo: Vi a Umar ibn al-Jattab (ra), unos días antes de que fuera herido, en Medina, detenerse junto a Hudhayfa ibn al-Yaman y Uthman ibn Hunayf. Dijo: «¿Cómo habéis procedido? ¿Teméis haber impuesto a la tierra más de lo que puede soportar?». Ambos dijeron: «Le hemos impuesto una carga que puede soportar; no hay en ello un gran excedente». Dijo: «Mirad bien que no hayáis impuesto a la tierra más de lo que puede soportar». Dijo: dijeron: «No». Entonces Umar dijo: «Si Allah me mantiene a salvo, dejaré a las viudas de la gente de Irak sin que necesiten a ningún hombre después de mí jamás». Dijo: No pasaron sobre él sino cuatro días hasta que fue herido. Dijo: Yo estaba de pie, y entre él y yo no había nadie salvo Abdullah ibn Abbas, la mañana en que fue herido. Cuando pasaba entre las dos filas, decía: «Enderezaos». Cuando no veía en ellas ningún hueco, avanzaba y pronunciaba el takbir. A veces recitaba la sura de Yusuf, o la de al-Nahl, o algo semejante, en la primera rak‘a, hasta que la gente se reunía. Apenas pronunció el takbir, le oí decir: «Me ha matado —o me ha devorado— el perro», cuando lo apuñaló. Entonces el no árabe salió corriendo con un cuchillo de dos puntas; no pasaba junto a nadie, ni a la derecha ni a la izquierda, sin apuñalarlo, hasta que apuñaló a trece hombres, de los cuales murieron siete. Cuando un hombre de los musulmanes vio aquello, le arrojó encima un albornoz; y cuando el no árabe pensó que estaba apresado, se degolló a sí mismo. Umar tomó la mano de Abd al-Rahman ibn Awf y lo adelantó. Quien estaba cerca de Umar vio lo que yo vi; en cuanto a las zonas alejadas de la mezquita, no sabían otra cosa sino que habían dejado de oír la voz de Umar, y decían: «Subhan Allah, subhan Allah». Abd al-Rahman rezó con ellos una oración breve. Cuando terminaron, Umar dijo: «Oh Ibn Abbas, mira quién me ha matado». Él dio vueltas un rato, luego vino y dijo: «El esclavo de al-Mughira». Dijo: «¿El artesano?». Dijo: «Sí». Dijo: «¡Que Allah lo combata! Yo había ordenado que se le tratara bien. Alabado sea Allah, que no ha hecho que mi muerte sea a manos de un hombre que pretenda profesar el Islam. Tú y tu padre queríais que aumentaran los no árabes en Medina, y al-‘Abbas era quien más esclavos tenía de ellos». Entonces dijo: «Si quieres, lo haré», es decir: «Si quieres, los mataremos». Dijo: «Has mentido; ¿después de que hayan hablado vuestra lengua, hayan rezado hacia vuestra qibla y hayan peregrinado vuestra peregrinación?». Luego fue llevado a su casa y fuimos con él. Era como si la gente no hubiera sufrido una desgracia antes de aquel día. Uno decía: «No hay mal». Otro decía: «Temo por él». Le trajeron nabidh, lo bebió y salió de su vientre. Luego le trajeron leche, la bebió y salió de su herida, y supieron que iba a morir. Entramos donde estaba y la gente llegó elogiándolo. Vino un hombre joven y dijo: «Recibe la buena nueva, oh emir de los creyentes, por la buena nueva de Allah para ti: la compañía del Mensajero de Allah ﷺ y tu antigüedad en el Islam, como bien sabes; luego gobernaste y fuiste justo; luego el martirio». Dijo: «Ojalá todo eso fuera suficiente: ni en mi contra ni a mi favor». Cuando el joven se dio la vuelta, resultó que su izar rozaba el suelo. Dijo: «Haced volver al muchacho». Dijo: «Hijo de mi hermano, levanta tu ropa, pues eso conserva mejor tu ropa y es más piadoso para con tu Señor. Oh Abdullah ibn Umar, mira cuánto debo». Lo calcularon y encontraron que eran ochenta y seis mil, o algo parecido. Dijo: «Si los bienes de la familia de Umar bastan para ello, págalo de sus bienes; si no, pide entre los Banu ‘Adi ibn Ka‘b; y si sus bienes no bastan, pide entre Quraysh, y no pases de ellos a otros. Paga por mí esta suma. Ve a Aisha, Madre de los Creyentes, y di: Umar te envía el saludo de paz. No digas: el emir de los creyentes, pues hoy ya no soy emir de los creyentes. Y di: Umar ibn al-Jattab pide permiso para ser enterrado junto a sus dos compañeros». Él saludó y pidió permiso; luego entró donde ella y la encontró sentada, llorando. Dijo: «Umar ibn al-Jattab te envía el saludo de paz y pide permiso para ser enterrado junto a sus dos compañeros». Ella dijo: «Lo quería para mí, pero hoy lo preferiré a él por encima de mí misma». Cuando él regresó, se dijo: «Este es Abdullah ibn Umar, que ha venido». Umar dijo: «Levantadme». Un hombre lo sostuvo apoyándolo contra sí. Dijo: «¿Qué traes?». Dijo: «Lo que amas, oh emir de los creyentes: ella ha dado permiso». Dijo: «Alabado sea Allah. No había nada que me importara más que eso. Cuando yo haya muerto, llevadme; luego saluda y di: Umar ibn al-Jattab pide permiso. Si me concede permiso, introducidme; y si me rechaza, devolvedme a los cementerios de los musulmanes». Vino la Madre de los Creyentes Hafsa, y las mujeres iban con ella. Cuando la vimos, nos levantamos. Ella entró donde él y lloró junto a él un rato. Los hombres pidieron permiso, y ella entró más adentro por ellos, y oímos su llanto desde dentro. Dijeron: «Haz testamento, oh emir de los creyentes; designa sucesor». Dijo: «No encuentro a nadie con más derecho a este asunto que estos hombres, o este grupo, con quienes el Mensajero de Allah ﷺ murió estando complacido con ellos». Nombró a Ali, Uthman, al-Zubayr, Talha, Sa'd y Abd al-Rahman. Y dijo: «Abdullah ibn Umar estará presente con vosotros, pero no tendrá parte alguna en el asunto», como una forma de consuelo para él. «Si el emirato recae en Sa'd, eso es; y si no, que cualquiera de vosotros que sea nombrado se apoye en él, pues no lo destituí por incapacidad ni por traición». Y dijo: «Recomiendo al califa que venga después de mí que trate bien a los primeros emigrantes: que reconozca su derecho y preserve su honor. Le recomiendo que trate bien a los Ansar, aquellos que se establecieron en la Morada y en la fe antes que ellos: que se acepte al bienhechor de entre ellos y se disculpe al que obre mal de entre ellos. Le recomiendo que trate bien a la gente de las ciudades, pues son el apoyo del Islam, los recaudadores de la riqueza y la causa de la ira del enemigo; y que no se tome de ellos sino su excedente, con su consentimiento. Le recomiendo que trate bien a los beduinos, pues son la raíz de los árabes y la materia del Islam: que se tome de los bordes de sus bienes y se devuelva a sus pobres. Y le recomiendo la protección concedida por Allah y la protección concedida por Su Mensajero ﷺ: que se les cumpla su pacto, que se combata en su defensa y que no se les imponga sino lo que puedan soportar». Cuando falleció, salimos con él y nos pusimos en marcha caminando. Abdullah ibn Umar saludó y dijo: «Umar ibn al-Jattab pide permiso». Ella dijo: «Introducidlo». Fue introducido y colocado allí junto a sus dos compañeros. Cuando se terminó su entierro, se reunió aquel grupo. Abd al-Rahman dijo: «Reducid vuestro asunto a tres de vosotros». Al-Zubayr dijo: «He dejado mi asunto en manos de Ali». Talha dijo: «He dejado mi asunto en manos de Uthman». Y Sa'd dijo: «He dejado mi asunto en manos de Abd al-Rahman ibn Awf». Abd al-Rahman dijo: «¿Cuál de vosotros dos se aparta de este asunto para que lo dejemos en sus manos, teniendo a Allah y al Islam como garantes sobre él, y que mire quién de ellos es el mejor según su propio juicio?». Los dos ancianos guardaron silencio. Abd al-Rahman dijo: «¿Lo dejáis entonces en mis manos, teniendo a Allah sobre mí como garante de que no escatimaré esfuerzo respecto al mejor de vosotros?». Ambos dijeron: «Sí». Entonces tomó la mano de uno de los dos y dijo: «Tienes parentesco con el Mensajero de Allah ﷺ y una antigüedad en el Islam que bien conoces. Por Allah sobre ti: si te nombro emir, serás justo; y si nombro emir a Uthman, escucharás y obedecerás». Luego se retiró a solas con el otro y le dijo lo mismo. Cuando tomó el compromiso, dijo: «Levanta la mano, oh Uthman». Entonces le prestó juramento de fidelidad; Ali le prestó juramento de fidelidad, y la gente de la casa entró y le prestó juramento de fidelidad.