Nos relató Yahya ibn Bukayr: nos relató Al-Layth, de Yunus, de Ibn Shihab, quien dijo: me informaron ‘Urwa ibn al-Zubayr, Sa‘id ibn al-Musayyab, 'Alqama ibn Waqqas y Ubayd Allah ibn Abdullah ibn Utba ibn Mas‘ud acerca del relato de Aisha (ra), esposa del Profeta ﷺ, cuando los autores de la calumnia dijeron sobre ella lo que dijeron y Allah la declaró inocente de lo que habían dicho. Cada uno de ellos me relató una parte del relato; algunas partes de sus relatos corroboraban otras, aunque algunos lo habían retenido mejor que otros. Lo que ‘Urwa me relató de Aisha (ra) fue que Aisha (ra), esposa del Profeta ﷺ, dijo: «Cuando el Mensajero de Allah ﷺ quería emprender un viaje, sorteaba entre sus esposas, y aquella cuya flecha salía elegida viajaba con el Mensajero de Allah ﷺ». Aisha dijo: «Sorteó entre nosotras durante una expedición militar que llevó a cabo y salió elegida mi flecha, por lo que viajé con el Mensajero de Allah ﷺ. Esto ocurrió después de que hubiera sido revelado el precepto del velo. Me transportaban dentro de mi palanquín y me apeaban permaneciendo en él. Proseguimos hasta que el Mensajero de Allah ﷺ terminó aquella expedición y emprendió el regreso. Cuando, de vuelta, nos aproximamos a Medina, una noche dio la orden de partir. Al anunciarse la partida, me levanté, caminé hasta sobrepasar al ejército y, después de hacer mis necesidades, regresé hacia mi montura. Entonces descubrí que se había roto un collar mío de cuentas de ónice de Zafar. Me puse a buscarlo y su búsqueda me retuvo. Entretanto, llegaron los hombres encargados de preparar mi montura, levantaron mi palanquín y lo colocaron sobre el camello que yo montaba, creyendo que yo estaba dentro. En aquella época las mujeres pesaban poco, pues la carne aún no las había hecho pesadas y solo comían pequeñas cantidades de alimento. Por ello, los hombres no encontraron extraña la ligereza del palanquín cuando lo levantaron. Yo era además una muchacha muy joven. Hicieron que el camello se pusiera en marcha y partieron. Encontré mi collar después de que el ejército ya se hubiera alejado. Regresé al lugar donde habían acampado, pero allí no había nadie que llamara ni nadie que respondiera. Me dirigí al lugar en el que había estado y pensé que, cuando advirtieran mi ausencia, regresarían a buscarme. Mientras permanecía sentada allí, me venció el sueño y me dormí. Safwan ibn al-Mu'attal al-Sulami, posteriormente al-Dhakwani, venía detrás del ejército. Había viajado durante la última parte de la noche y, al amanecer, llegó al lugar en el que me encontraba. Vio la silueta de una persona dormida, se acercó y me reconoció al verme, pues me había visto antes de la prescripción del velo. Me desperté al oírle pronunciar la fórmula de retorno a Allah cuando me reconoció, y me cubrí el rostro con mi manto exterior. Por Allah, no me dirigió ni una palabra ni le oí pronunciar palabra alguna aparte de aquella fórmula. Hizo arrodillarse a su montura y pisó sus patas delanteras para mantenerla quieta. Yo la monté y él partió conduciéndola, conmigo sobre ella, hasta que alcanzamos al ejército después de que este hubiera acampado durante el calor abrasador del mediodía. Entonces perecieron quienes perecieron, y quien asumió la mayor parte de la calumnia fue ‘Abdullah ibn Ubayy ibn Salul. Llegamos a Medina y, al llegar, permanecí enferma durante un mes. La gente difundía las palabras de los autores de la calumnia, pero yo no sabía nada de aquello. Lo que me hacía sospechar durante mi enfermedad era que no percibía del Mensajero de Allah ﷺ la amabilidad que solía mostrarme cuando enfermaba. El Mensajero de Allah ﷺ se limitaba a entrar, saludar y preguntar: “¿Cómo está esa?”, y después se marchaba. Eso era lo que me inquietaba, aunque seguía sin saber nada, hasta que salí después de haberme recuperado parcialmente. Umm Mistah salió conmigo hacia al-Manasi', el lugar donde hacíamos nuestras necesidades. Solo salíamos de noche en noche. Esto fue antes de que instaláramos letrinas cerca de nuestras casas. Seguíamos la costumbre de los antiguos árabes de salir al campo para hacer nuestras necesidades, pues nos molestaba tener letrinas junto a nuestras casas. Partí con Umm Mistah, que era hija de Abu Ruhm ibn ‘Abd Manaf. Su madre era hija de Sakhr ibn ‘Ámir y tía materna de Abu Bakr al-Siddiq, y su hijo era Mistah ibn Uthatha. Umm Mistah y yo regresábamos hacia mi casa después de haber terminado lo que necesitábamos hacer cuando Umm Mistah tropezó con su manto y dijo: “¡Que Mistah perezca!”. Le dije: “¡Qué malas palabras has dicho! ¿Insultas a un hombre que estuvo presente en Badr?”. Ella respondió: “¡Oh, inocente! ¿Acaso no has oído lo que ha dicho?”. Le pregunté: “¿Qué ha dicho?”. Entonces me contó lo que decían los autores de la calumnia, y mi enfermedad se agravó. Cuando regresé a mi casa, el Mensajero de Allah ﷺ entró, saludó y preguntó: “¿Cómo está esa?”. Le dije: “¿Me permites ir a casa de mis padres?”. En aquel momento yo quería comprobar la noticia por medio de ellos. El Mensajero de Allah ﷺ me dio permiso y fui a ver a mis padres. Le pregunté a mi madre: “¡Madre mía! ¿Qué anda diciendo la gente?”. Ella respondió: “Hijita, tómatelo con calma. Por Allah, rara vez hay una mujer hermosa junto a un hombre que la ama y que tiene otras esposas sin que estas hablen mucho contra ella”. Dije: “¡Gloria a Allah! ¿De verdad la gente anda diciendo esto?”. Lloré durante toda aquella noche hasta el amanecer; mis lágrimas no cesaron y no pude dormir. Amanecí llorando. Como la revelación se demoraba, el Mensajero de Allah ﷺ llamó a Ali ibn Abi Talib y a Usama ibn Zayd (ra) para consultarles acerca de separarse de su esposa. Usama ibn Zayd aconsejó al Mensajero de Allah ﷺ basándose en lo que sabía de la inocencia de su esposa y en el afecto que sentía por su familia. Dijo: “¡Mensajero de Allah! Se trata de tu esposa y no sabemos de ella sino el bien”. En cuanto a Ali ibn Abi Talib, dijo: “¡Mensajero de Allah! Allah no te ha puesto en estrechez; hay muchas otras mujeres aparte de ella. Pregunta a la sirvienta y ella te dirá la verdad”. El Mensajero de Allah ﷺ llamó entonces a Barira y le preguntó: “Barira, ¿has visto en ella algo que te haga sospechar?”. Barira respondió: “No, por Aquel que te ha enviado con la verdad. No he visto en ella nada que pueda reprocharle, salvo que es una muchacha muy joven que se queda dormida y deja desatendida la masa de su familia, y entonces viene el animal doméstico y se la come”. Aquel día el Mensajero de Allah ﷺ se levantó y pidió que se le excusara frente a ‘Abdullah ibn Ubayy ibn Salul. El Mensajero de Allah ﷺ, desde el púlpito, dijo: “¡Musulmanes! ¿Quién me excusará frente a un hombre cuyo daño ha alcanzado a mi familia? Por Allah, no sé de mi esposa sino el bien. También han mencionado a un hombre del que no sé sino el bien y que nunca entraba en casa de mi familia salvo en mi compañía”. Entonces se levantó Sa'd ibn Mu'adh, el Ansari, y dijo: “¡Mensajero de Allah! Yo te libraré de él. Si pertenece a los Aws, le cortaré el cuello; y, si pertenece a nuestros hermanos de al-Khazraj, ordénanos lo que quieras y cumpliremos tu orden”. Entonces se levantó Sa'd ibn 'Ubada, jefe de al-Khazraj. Antes de aquello había sido un hombre recto, pero el fervor tribal se apoderó de él y dijo a Sa'd: “¡Mientes, por la vida de Allah! No lo matarás ni eres capaz de matarlo”. Se levantó entonces Usayd ibn Hudayr, primo de Sa'd, y dijo a Sa'd ibn 'Ubada: “¡Tú eres quien miente, por la vida de Allah! Lo mataremos. Eres un hipócrita que discute en defensa de los hipócritas”. Las dos tribus, los Aws y al-Khazraj, se encresparon hasta estar a punto de combatir entre sí, mientras el Mensajero de Allah ﷺ permanecía de pie sobre el púlpito. El Mensajero de Allah ﷺ continuó calmándolos hasta que guardaron silencio, y él también calló. Aquel día seguí llorando sin que mis lágrimas cesaran y sin poder dormir. Mis padres amanecieron junto a mí. Yo ya había llorado durante dos noches y un día, sin dormir y sin que mis lágrimas cesaran, hasta el punto de que ellos pensaban que el llanto me desgarraría el hígado. Mientras ambos estaban sentados junto a mí y yo lloraba, una mujer de los Ansar pidió permiso para entrar. Se lo concedí, se sentó y comenzó a llorar conmigo. Mientras estábamos así, entró el Mensajero de Allah ﷺ, saludó y se sentó. No se había sentado junto a mí desde que comenzó a decirse lo que se decía. Había permanecido un mes sin recibir revelación alguna sobre mi caso. Después de sentarse, el Mensajero de Allah ﷺ pronunció el testimonio de fe y dijo: “En cuanto a lo que sigue, Aisha: me han llegado sobre ti tales y tales cosas. Si eres inocente, Allah declarará tu inocencia; pero, si has cometido algún pecado, pide perdón a Allah y arrepiéntete ante Él, pues, cuando el siervo reconoce su pecado y se arrepiente ante Allah, Allah acepta su arrepentimiento”. Cuando el Mensajero de Allah ﷺ terminó de hablar, mis lágrimas cesaron hasta el punto de no sentir ni una sola gota. Le dije a mi padre: “Responde al Mensajero de Allah ﷺ por mí acerca de lo que ha dicho”. Él respondió: “Por Allah, no sé qué decirle al Mensajero de Allah ﷺ”. Le dije a mi madre: “Responde al Mensajero de Allah ﷺ”. Ella contestó: “No sé qué decirle al Mensajero de Allah ﷺ”. Entonces dije, siendo una muchacha joven que no había leído mucho del Corán: “Por Allah, sé que habéis oído este relato hasta que se ha asentado en vuestro interior y lo habéis dado por cierto. Si os digo que soy inocente —y Allah sabe que soy inocente—, no me creeréis; pero, si reconozco ante vosotros algo —y Allah sabe que soy inocente de ello—, me creeréis. Por Allah, no encuentro para vosotros otro ejemplo que las palabras del padre de Yusuf (as): ‘Así pues, bella paciencia; y Allah es Aquel cuya ayuda se solicita frente a lo que describís’”. Después me volví y me recosté en mi lecho. En aquel momento sabía que era inocente y que Allah manifestaría mi inocencia. Sin embargo, por Allah, nunca pensé que Allah revelaría acerca de mí una revelación que habría de recitarse. A mis propios ojos, mi asunto era demasiado insignificante para que Allah hablara de mí mediante unas palabras que se recitarían. Esperaba, no obstante, que el Mensajero de Allah ﷺ tuviera durante el sueño una visión mediante la cual Allah declarase mi inocencia. Por Allah, el Mensajero de Allah ﷺ aún no se había movido de su lugar ni había salido nadie de la casa cuando descendió sobre él la revelación. Se apoderó de él la intensa aflicción que solía acometerle, hasta el punto de que le caían gotas de sudor semejantes a perlas, pese a ser un día frío de invierno, debido al peso de las palabras que descendían sobre él. Cuando aquella carga se retiró del Mensajero de Allah ﷺ, estaba sonriendo, y las primeras palabras que pronunció fueron: “Aisha, Allah, poderoso y majestuoso, ha declarado tu inocencia”. Mi madre me dijo: “Levántate y ve hacia él”. Yo respondí: “Por Allah, no me levantaré para ir hacia él ni alabaré a nadie salvo a Allah, poderoso y majestuoso”. Allah reveló: “Ciertamente, quienes presentaron la calumnia son un grupo de entre vosotros; no penséis que…”, las diez aleyas completas. Cuando Allah reveló esto declarando mi inocencia, Abu Bakr al-Siddiq (ra), que mantenía económicamente a Mistah ibn Uthatha por su parentesco y su pobreza, dijo: “Por Allah, jamás volveré a dar nada a Mistah después de lo que dijo sobre Aisha”. Entonces Allah reveló: “Que quienes entre vosotros poseen favor y holgura no juren que no darán a los parientes, a los necesitados y a quienes emigraron por la causa de Allah. Que perdonen y disculpen. ¿Acaso no deseáis que Allah os perdone? Allah es indulgente, misericordioso”. Abu Bakr dijo: “Sí, por Allah, deseo que Allah me perdone”. Así pues, restableció a Mistah la manutención que acostumbraba darle y dijo: “Por Allah, jamás se la retiraré”. Aisha añadió: «El Mensajero de Allah ﷺ preguntó a Zaynab, hija de Jahsh, acerca de mí y le dijo: “Zaynab, ¿qué sabes o qué has visto?”. Ella respondió: “¡Mensajero de Allah! Protejo mi oído y mi vista; no sé de ella sino el bien”». Aisha dijo: «Ella era quien rivalizaba conmigo entre las esposas del Mensajero de Allah ﷺ, pero Allah la protegió gracias a su piedad. Su hermana Hamna, en cambio, comenzó a combatir en su defensa y pereció entre quienes perecieron de los autores de la calumnia».